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Aceptar la diferencia

Reconocer y aceptar la diferencia es lo que da sentido a la libertad y a la igualdad.

Miquel Roca i Junyent

España tiene 17 comunidades autónomas. En quince de ellas el sistema de partidos es idéntico. El poder se alterna entre el Partido Popular y el PSOE. Sólo en dos de ellas, en el País Vasco y Catalunya, este sistema se altera y la posición hegemónica de estos dos partidos queda relegada a posiciones poco relevantes; concretamente, en las últimas elecciones en el País Vasco, en tercera y cuarta posición. Debería concluirse que entre las 15 comunidades que hegemonizan PP y PSOE, y Catalunya y el País Vasco, existe una diferencia. Sería sensato aceptarlo.

La existencia de partidos propios pone de relieve una fuerte identidad. Sin esta característica la singularidad de partidos no tendría sentido o no sería un fenómeno que resistiera el paso del tiempo o las coyunturas cambiantes. Tanto en el País Vasco como en Catalunya, desde hace muchos años existen partidos propios de fuerte arraigo y de signo nacionalista. Su origen y su razón de ser han sido y son la defensa de la propia identidad. Este es su hecho distintivo. Y, obviamente, el que marca la diferencia con los demás partidos de ámbito estatal. También sería sensato aceptarlo.

La conclusión más obvia para una diferencia tan largamente consolidada sería la de buscar y otorgar un trato diferente a la diferencia. Esto no ha de ser visto como un privilegio; al contrario, es una exigencia de la libertad. Reconocer y aceptar la diferencia es lo que da sentido a la libertad y a la igualdad. Igualdad para ser como queremos ser; que nadie nos imponga una homogeneización que no respete nuestra propia personalidad. La diferencia no es un capricho; es consustancial al desarrollo libre de la personalidad. La de las personas y de las colectividades.

Hay un hecho diferencial en Catalunya y en el País Vasco. Aceptarlo es empezar a respetarlo. Todo sería más fácil si esto se produjera; todo resulta más difícil cuando se niega la evidencia. Y la realidad, tozuda, no cambiará por decisiones que nieguen la diferencia. Los hechos lo demuestran. Las elecciones en el País Vasco lo ponen de manifiesto. No hay nada que cohesione más políticamente que la negación agresiva y menospreciadora de la diferencia. Aceptarla es una exigencia de la democracia en libertad.

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