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Adiós a una esperanza

Javier Marías

Teníamos una esperanza, los que antes de las elecciones no sufrimos un ataque de amnesia y recordábamos cómo gobierna el PP cuando posee mayoría absoluta, a saber: con cinismo y autoritarismo, a golpe de decretos-ley que nadie puede rechistar, favoreciendo siempre a los más ricos, a nuestra cavernosa Iglesia Católica, a la Confederación de Empresarios sin Escrúpulos (CESE), al franquismo sociológico en general; y perjudicando a las clases bajas y medias, a los más desprotegidos, a los ancianos y enfermos, a los “culpables” de no haber ganado lo bastante (cómo, qué más da, vista la connivencia de ese partido con los corruptos y los defraudadores). La esperanza era la crisis: pensábamos que, dada su magnitud, les ocuparía todas las energías y el tiempo y que, hasta que no cesara, dejarían de lado sus retrocesos en materia de “moral”, de ideología y de religión. No ha sido así. Como no han hecho sino ahondar y empeorar la crisis, parecen haberse despreocupado lo bastante de ella como para dedicar grandes esfuerzos a recuperar la España preconstitucional, y lo que aún nos queda por ver.

Es la televisión y la radio públicas, de las que hablé hace dos semanas; es la “reforma laboral” que deja a los asalariados en la indefensión; es la nueva y cruel ley del aborto impulsada por Rajoy y Gallardón; es el recurso al Constitucional –sostenido– contra los matrimonios homosexuales; es la abyección ante un individuo turbio de Las Vegas cuyos negocios en otros sitios están siendo investigados, y a quien los católicos PP y CIU se pelean por poner alfombras bajo los pies. Ahora, en vista de que el Tribunal Supremo ha dictaminado que no deben recibir subvenciones los colegios concertados que niegan la educación mixta y admiten sólo alumnos de un sexo (masculino o femenino), el servil Ministro de Educación, Wert, ha anunciado que cambiará la ley vigente para que tales centros sigan percibiendo dinero del Estado, es decir, de usted y de mí. No en balde la mayoría de ellos están vinculados al Opus Dei, secta cómplice de Franco en los años sesenta y a la que el Vaticano actual tiene en alta consideración.
Esos colegios tienen derecho a existir, claro está, pero no a sufragarse con dinero público en un Estado aconfesional, menos aún cuando practican la discriminación por sexo, como ha establecido el Supremo. ¿A quién quieren engañar? Lo disfracen de lo que lo disfracen, sus responsables segregan a chicos y chicas exactamente por las mismas razones por las que lo hacía el franquismo, con la diferencia de que éste, además, no toleraba la existencia de centros mixtos. Yo tuve la fortuna, pese a mi edad, de ir a uno de éstos, “Estudio”, el único en Madrid entonces junto con los extranjeros (el Instituto Británico, los Liceos Italiano y Francés), fuera de la jurisdicción de la dictadura. “Estudio” debía engañar, desde luego: he contado más de una vez cómo, cuando venía un inspector, los chicos y las chicas que solíamos estar juntos teníamos que correr a separarnos en diferentes aulas, para hacerle creer al enviado franquista que, aunque el colegio admitiera alumnos de ambos sexos, no coincidíamos en el mismo espacio físico ni nos rozábamos. Esa era la intención del régimen, que no hubiera contacto ni trato ni “tentación”, como lo es también la de los actuales centros que continúan su política puritana y retorcida. Así como los que iban a escuelas no mixtas se educaron en el temor y la desconfianza hacia los del otro sexo; así como las chicas consideraban a los chicos unos brutos y unos salidos y éstos a ellas unas idiotas, unos objetos o un misterio, los que disfrutamos la suerte de educarnos juntos pudimos tratarnos unos a otros con entera naturalidad. Los chicos veíamos que muchas chicas eran extremadamente inteligentes, y ellas que no pocos de nosotros éramos excelentes compañeros y civilizados. Nos acostumbramos desde el principio a convivir, como convivirán mujeres y hombres durante el resto de la vida.

Muy mojigato hay que ser (como sólo lo puede ser todavía la Iglesia, tan parecida al Islam más retrógrado) para juzgar conveniente que niños y niñas no se conozcan apenas; que se tengan miedo y recelo; que carezcan de la oportunidad de “pecar”. (Dicho sea de paso, la separación de sexos ha fomentado siempre los experimentos homosexuales a partir de la pubertad, algo que la Iglesia condena con ahínco, pese a contar en sus filas con tantos “experimentadores” adultos.) Esa tajante segregación gozó de cuarenta años de franquismo eclesial para demostrar su nocividad, y de muchos más en los países árabes, hasta el día de hoy. Bien está que esa separación no se prohíba, allá cada familia con el daño que inflige a sus vástagos. Pero que la paguemos todos … El señor Wert ya no será ministro algún día. Quizá le quede una pensión vitalicia o entre en alguna compañía adinerada (por ejemplo el Opus Dei); no tendrá problemas financieros. A lo que malamente podrá volver será a sus anteriores actividades: ¿quién lo creerá como articulista, tertuliano o estadístico, tras tanto servilismo a sus amos de hoy?

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