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GORRION PARISINO (Paris-ko txolarre)

GORRION PARISINO (Paris-ko txolarre)

        Xabier Lizardi , 1930

  

Gorrión, gorrioncillo

del centro de París:

¿ni la gritería de la Bourse

—asamblea de locos—

es capaz de intimidarte,

perfecto insolente?

 

Llegas directo

a la cúpula

de un foco apagado

comiendo una migaja robada:

de uno a otro,

ocupas los ángulos de su sombrero.

 

A cada salto,

una mirada al suelo:

¡menudo tunante!

No necesitas fijarte mucho

para volver hacia abajo,

y no para llevarte cáscaras sin grano.

 

Sentado en el café,

dueño de mi tiempo,

¿qué mejor entretenimiento

(no tengo ganas para otra cosa)

que divagar un poco,

sin devanarme mucho el seso?

 

Los cristales están empañados,

al igual que el tiempo.

En el interior,

en un rincón,

a tono con el ambiente,

sestean los mozos de blanco mandil.

 

Vaya, el gorrión vuela

de nuevo hacia lo alto.

Parpadea,

y sin dejarlo para luego,

engulle su botín.

Lanza una blanda propina… ¡y allá se fue!

  

Gorrión parisino,

¿en qué te diferencias

del gorrión de mi pueblo?

Por fuera eres pardo,

por dentro travieso,

y para que el parecido sea mayor… ¡no sabes francés!

 

Tan a sus anchas como aquél

en el viejo campanario

vive éste de inquilino

en la famosa Tuileri.

Apuesto a que, si lo trajese aquí,

el gorrión de mi pueblo no se cohibiría.

 

Sin embargo, el hombre,

queriendo ser cosmopolita,

¡qué pájaro tan torpe es!

Es inútil que se empeñe

yendo de aquí para allá:

fuera de su casa siempre será un aldeano.

 

Resumiendo: viéndome

a mí mismo tan torpe

y tan paleto en París,

me quejé al cielo

haciendo constar

que prefería ser gorrión, y no hombre.

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