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Infanta de naranja, infanta de limón

Por Javier Gallego

No se enteran de nada. Las infantas no saben nada, no han oído nada, no tienen ni idea de nada de lo que pasa en el mundo real. Ni en el de la realeza ni en el de la realidad.

La infanta Elena dijo ayer que no ha oído nada de las críticas dirigidas a su padre por la cacería de elefantes en Botswana. La infanta no sabe nada de elefantas. Dice que no se ha enterado porque estaba trabajando. Debe de ser de las pocas que trabaja en su familia. Bueno, y en este país. Pero qué extraño trabajo ése que te aísla del resto de tus congéneres y que hace que no te enteres de nada. Aunque ahora que lo pienso, no es tan extraño, eso es la monarquía: ocuparte tanto de tus propios asuntos que no tienes tiempo ni ganas para los asuntos de los demás. Por eso su padre se ha ido tan tranquilo a ejecutar elefantes por un riñón mientras a su país le sacan el suyo con recortes elefantiásicos ejecutados a punta de recortada. Por eso el rey se va a una clínica privada mientras a su pueblo le dicen que va a tener que repagar por los medicamentos hasta un 60% más. Por eso al rey le atienden los mejores médicos mientras al resto de abuelos de su edad les dice hoy el gobierno que van a tener que repagar el 10% de sus medicamentos. Supongo que de eso tampoco se ha enterado la infanta. Estará trabajando.

Su hermana parece que tampoco se entera de nada. Aunque su firma y su nombre figuran en los negocios de su marido, ella parece que no sabía nada, que no sabía de dónde salían los 7 millones de euros para pagar su casa  ni cómo se había enriquecido su matrimonio en los últimos años. A lo mejor estaba trabajando y por eso no se enteró. Sin embargo, esta semana el ex socio de su marido ha presentado unos correos electrónicos que en los que ella y su padre aparecen implicados como mediadores para favorecer una gestión de su marido, el presunto jugador de talónmano. No se entera ni de lo que hace. Eso ya es grave.

También es grave que el rey pidiera un comportamiento ejemplar a su yerno en su discurso navideño y una prueba documental le presente como valedor de esos negocios que la Casa Real calificó como “mal ejemplo”. O sea que si esto es cierto, la Casa Real habría llamado “mal ejemplo” al rey. Qué cosas. Habrá que esperar a lo que dictaminen los jueces. Les recordaré que el rey les ha dicho que “todos somos iguales ante la ley”. Se lo recordaré en primer lugar al juez que hoy ha archivado el proceso contra Marichalar por darle un arma de fuego a su hijo, Froilán, que no tenía edad para usarla. El juez no aprecia imprudencia grave en darle a un niño de trece años una escopeta con la que se ha disparado al pie. No sabía que le imputaban por imprudente, creía que le imputaban por cometer una ilegalidad. Si lo que se juzga es la imprudencia, lo del rey, cazando animales en África en mitad de la noche y a su edad, es una imprudencia muy grave. Pero este juez no quiere darse por enterado. Ni tampoco el juez del caso Urdangarín que no ve ninguna implicación de la infanta Cristina. Algunos jueces son como infantas. No se quieren enterar, yeyé.

Por eso, la familia real no se entera de lo que pasa en el mundo real porque el mundo real no pasa por ellos. Y cuando les pasa por encima, como al rey esta semana, se despachan con un “lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Ésa ha sido toda la disculpa del monarca a su salida del hospital privado en el que le trataban. Parece su nieto Froilán que pedía perdón la semana pasada como lo que es, un niño. Pero el rey tiene unos añitos más que su nieto para saber lo que hace. Además de una disculpa, debería explicar por qué se permite que un cargo público reciba cacerías de regalo, como publica hoy El Mundo.

Pero me temo que esa explicación no llegará porque la familia real vive al margen del mundo real. La familia real es la menos real de todas las familias.

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