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Silvio Rodríguez

Cayó sobre su presa y la inmovilizó
como una amarra.
La pequeña era un cuerpo de temblor
debajo de sus garras,
tan palpitante,
que sintió la lujuria de la sed,
magnífica y quemante.

Y pasó el tiempo, el tiempo largo
entre el colmillo que depreda y la piel
de su víctima en letargo.

La tarde simulaba no reconocer
la vieja trama
y su espejo era un hombre, una mujer
un juego y una cama
la tarde pura
con su rastro de prados, de candor
y el alma de locura.

Pasó la tarde, la tarde larga
entre el colmillo que depreda y la piel
de la víctima que aguarda.

La viva rosa de la carne se abraza
a su destino
y comieron jugos del amor
como perfecto vino
vino de amantes
fértil savia para doblar la sed,
mientras más abundante.

Pasó la tarde, la sin dolores
entre el colmillo que depreda y la piel
de la víctima en amores.

Silvio Rodríguez

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