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Sobre el Apocalipsis y los chorizos

Domingo, 19 Agosto 2012 por Rosa Montero

Escribo este artículo en la misma semana en que la revista The Economist ha sacado su tremenda portada sobre España (el dibujo de un toro de lidia erizado de banderillas que espera cabecigacho y ya sin fuerzas la estocada de muerte, y por encima de él la palabra Spain con la “ese” cayéndose, de modo que sólo queda “pain”, o sea, “dolor”) y mientras el Consejo General del Poder Judicial discute si paga la indemnización de 208 mil euros a Dívar o no. Este texto tardará varias semanas en publicarse, y no sé si para entonces, para ahora que lo está leyendo, Dívar tendrá los riñones un poco más forrados y España se habrá hundido un poco más en el agujero.

Pero el caso es que me he quedado reflexionando en medio de este duro e inolvidable verano que estamos viviendo. Y lo primero que he pensado es que los Apocalipsis son comunes en la vida de los humanos. Quiero decir que esta percepción de vertiginosa caída hacia la catástrofe es algo que se ha experimentado de manera habitual a lo largo de la historia. Así se sintió media Humanidad a principios de la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler parecía dominar la Tierra; o en el crash del 29; o en la Primera Guerra y la epidemia de gripe. Cada vez que los vikingos o los bárbaros o los corsarios arrasaban un pueblo llegaba el Apocalipsis. Pero luego la vida seguía, siempre ha seguido, con más o menos daños, con mayores o menores bajas, pero con esa tenacidad y esa potencia soterrada que la vida tiene. Este momento en el que estamos no puede ser peor; lo que sí creo es que estamos más blandos, más desacostumbrados a la lucha. Tal vez en las últimas décadas hayamos vivido demasiado protegidos. Ha sido un buen regalo del destino, me alegro de ello, pero puede que eso haga que todo nos asuste más de lo debido.

Porque son malos tiempos, desde luego, y sin duda mucha gente está sufriendo. Pero podremos con ello. Quizá en el llamado milagro de la Transición española hubo una suerte de espejismo o de borrachera: éramos muy pobres, lo recuerdo bien, y de repente en 15 o 20 años nos hicimos muy ricos. Qué velocidad tan supersónica. Ahora pienso que quizá nunca fuimos de verdad tan ricos, y que seguramente ahora tampoco somos tan pobres. Hay un tiempo para cada cosa, como dice el Eclesiastés, y creo que nos ha llegado el momento de la realidad y la madurez. Del cambio de sociedad y del compromiso. Porque yo también estoy harta de los políticos, de los diputados con cinco casas en Madrid que cobran dietas de alojamiento, de los infinitos asesores que todos tienen y que pagamos los ciudadanos; estoy harta de los escándalos y la desvergüenza y la marrullería y de que haya personajes que, como Dívar, después de darse una vida opípara a cuenta de nuestros bolsillos, digan que dimiten “sin conciencia de culpa”. Esto es: me indigna y escandaliza que se atrevan siquiera a mencionar la palabra conciencia.

Pero la cuestión es que el problema no es sólo de ellos; no es que haya, por un lado, una panda de mangantes despreciables y por otro un pueblo inocentísimo. Porque, si bien estoy convencida de que, en su conjunto, nuestra sociedad es más decente que sus dirigentes, también creo que todos tenemos que asumir la responsabilidad de nuestras líneas de sombra, de la tendencia al amiguismo, al enchufe, a ese sectarismo que hace que votemos una y otra vez a declarados chorizos, tanto en el PP como en el PSOE o IU (y no es sólo cuestión de ideología, sino también interés personal, porque para eso son los nuestros y nos van a favorecer, nos van a dar empleo, prebendas, negocios, subvenciones). Por no hablar de las muchas ocasiones en que se utiliza eso del “¿con IVA o sin IVA?”, o se aceptan regalos dudosos, o se comete ese sinfín de pequeñas irregularidades que tan habituales son en la sociedad española, porque, a fin de cuentas, todos lo hacen y los poderosos lo hacen mucho más. Y es verdad, los poderosos roban más, pero lo malo es que participar de la pequeña marrullería reafirma la corrupción grande y es lo que a la postre permite que los Dívar digan con toda tranquilidad que tienen la conciencia limpia (o simplemente que tienen conciencia). No sé, me da la sensación, quizá injusta, de que los más violentos ante la crisis, aquellos que sólo se enfurecen con los políticos y se dedican a escupir a la delegada del Gobierno o a romper coches, tal vez luego sean los que más irregularidades cometan personalmente. En resumen: podemos salir de la crisis, pero creo que, para eso, además de exigir justicia (cárcel para los banqueros de las preferentes, por ejemplo), también hay que asumir las propias responsabilidades. Y cambiar, y comprometerse en la regeneración, y ser solidarios.

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