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Tiempo de linchamientos

Rosa Montero

La verdad es que la historia del eccehomo ha tenido su gracia. Parece un cuento rural de, por ejemplo, John Fante, a medias cándido y a medias catastrófico. Pero me apena el soponcio de la pobre protagonista, la octogenaria Cecilia Giménez, al constatar que su metedura de pata se había hecho famosa en el mundo entero. Y eso es lo más interesante y lo más espeluznante de la historia: una anciana de una pequeña localidad repinta (mal) un cuadro sin valor medio borroso, y esta noticia ínfima da la vuelta al planeta en 24 horas. Me imagino el pasmo, la incredulidad y el horror de Cecilia: pero, cómo, ¿en Francia también lo saben? También. ¿Y en México? También. ¿Y los chinos? Seguro que hay chinos que han visto el eccehomo. Produce vértigo.

Me encantan las nuevas tecnologías, estoy en Twitter y Facebook y creo que son grandes herramientas. Pero todo esto no me impide pensar que vivimos en los años salvajes de internet, en una especie de frontera sin ley, como los pioneros del Oeste americano. Nos estamos aventurando en un terreno virgen y todo está por hacer. Y vivimos la emoción de la exploración, pero también cometemos mil errores y estamos a merced de los bárbaros y los forajidos.

En el tema de Cecilia Giménez, la gente no se ha ensañado, aunque el hecho mismo de reírse públicamente de ella de forma tan multitudinaria ha debido de ser muy angustioso y al parecer le ha costado la salud. Pero en otras ocasiones las redes han ardido de furia contra alguien, con una violencia y una crueldad demoledoras. Como en el patético caso de Jason Russell. ¿Recuerdas quién es? Probablemente no. Y, sin embargo, hace tan sólo seis meses protagonizó un escándalo mundial. Russell fue ese norteamericano de 33 años, activista de una ONG, que hizo el famoso vídeo Kony 2012 sobre el tráfico de niños en Uganda como soldados y esclavos sexuales por parte del criminal Joseph Kony. El vídeo fue un tremendo éxito en las redes; pero inmediatamente empezaron también a criticarlo salvajemente. Que era tendencioso, que era partidista, que era poco riguroso, que era una porquería. Puede que el video simplificara las cosas, pero por lo menos consiguió que la gente hablara de un tema terrible; vi algunas de las críticas y me parecieron desmesuradas y rabiosas. Un par de semanas después, Russell fue ingresado en un hospital mental al ser encontrado por las calles de San Diego desnudo y masturbándose. Es más: también hubo imágenes de eso y también arrasaron en las redes. Hoy, apenas medio año después, casi nadie se acuerda de ello, porque el fuego insaciable de internet ha ido quemando mientras tanto muchas otras praderas. Pero a Jason Russell el asunto le rompió el espinazo, le quebró la vida. No sé qué será de él. Le deseo lo mejor.

Vivimos, en efecto, en los tiempos de la frontera de internet, y, como en el Far West, cada dos por tres hay linchamientos. Unos son más multitudinarios y otros menos, unos son locales, dentro de un sólo colectivo (como los alumnos de un instituto), o de un país, o de una lengua, y otros son mundiales; algunos se basan en datos más fidedignos y otros nacen de puras mentiras y de la más completa y absoluta manipulación, pero en cualquier caso suponen un exceso, un abuso, porque es un jurado anónimo e instantáneo, irracional y tumultuoso, que aplica el castigo sin posibilidad de defensa. Y es tal la arbitrariedad, la casualidad, la liviana facilidad con que se organizan esas pandillas linchadoras que nadie está a salvo de que le suceda algo semejante en cualquier momento. Y así, al igual que la tortura formaba parte del paisaje habitual de la vida hasta finales del siglo XVIII y todos los humanos sabían que, si tenían mala suerte, podían ser sometidos en alguna ocasión a tormento, ahora sabemos que el humillante apaleamiento viral le puede caer encima a cualquiera. Ni siquiera las ancianas octogenarias se salvan del peligro.

Y hay algo más: no sólo puedes ser la víctima del linchamiento, sino que también es posible que te conviertas en linchador. En el poco tiempo que llevo en Twitter he visto lo fácil que es dejarse arrastrar, equivocarse, no prestar suficiente atención a lo que estás reenviando, no darte cuenta cabal del alcance que puede tener lo que haces. Yo misma he reenviado algún mensaje que, aunque no atacaba a ninguna persona, contenía un dato erróneo; un dato que yo jamás hubiera publicado en un periódico sin contrastar. Tenemos el dedo fácil, como los pistoleros del Oeste. Habrá que aprender a controlarse y a civilizarse en internet o nos podemos hacer muchísimo daño.

 

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